Hipertexto: un desafío de la lecto-escritura del siglo XXI

El hipertexto no es de este siglo, su origen puede remontarse a mediados del siglo pasado cuando Vannevar Bush, jefe del Departamento de Investigación y Desarrollo Científico de EE.UU, buscaba una forma de texto no lineal más parecida a la forma de pensar del ser humano, es decir, por asociación. Sin embargo, la categoría “hipertexto” aparece por primera vez en 1965 y pertenece al filósofo y sociólogo Ted Nelson.

No obstante, aunque se trate de un producto del siglo pasado, con la explosión de Internet y la llegada de computadoras conectadas al aula, el desafío educativo es de este siglo.

La pedagoga argentina, Emilia Ferreiro (en Pasado y Presente de los verbos leer y escribir) afirma que "leer y escribir no tienen una definición unívoca, son construcciones sociales. Cada época y cada circunstancia histórica dan nuevos sentidos a estos verbos". Sin dudas, el hipertexto viene a interpelar los conceptos tradicionales de lectura y escritura.

En informática, el hipertexto es un texto que permite conducir a otro texto, la forma más común es a través de hipervínculos. La web presenta esta forma de texto en muchos de sus sitios y páginas. Sin embargo, debemos aclarar que no todo texto digital u online es un hipertexto, es condición la existencia de enlaces. Maravillosamente definido por Callister y Burbules, (en Educación Riesgos y Promesas, 2001), el hipertexto “es el estado del sueño posestructuralista: un bricolaje ilimitado de fragmentos y piezas que pueden reunirse entre sí formando asociaciones nuevas e impredecibles”.

Leer y escribir hipertexto son desafíos cognitivos. Escribir de forma hipertextuada implica la capacidad de enriquecer un texto y proponer alternativas de lectura, una tarea compleja y trabajosa que requiere creatividad y práctica. Todo texto puede ser enriquecido con un enlace. Escribir hipertexto es mucho más que “insertar hipervínculos”, aunque ello es un buen primer paso. Hablamos de una nueva narrativa, de abrir caminos posibles a un lector activo, de desafiarlo a hacer su propio recorrido.

La lectura de un hipertexto requiere flexibilidad cognitiva, concentración, tolerancia de la ambigüedad. La falta de linealidad puede parecer excesivamente compleja y hasta caótica para lectores inexpertos. No obstante, se trata de una lectura dinámica, interactiva y personalizada. Cada lector hace su propio texto, algo que nos propone Cortázar en Rayuela, y que tuvo su propuesta para niños en la famosa saga de libros-juego Choose your Own Adventure. Así la lectura es más activa que nunca, inaugurando una particular relación autor-lector como la que propone la “Obra abierta” de Humberto Eco. “Obras en movimiento” inacabadas en las que el lector es creador porque “el hipertexto no tiene centro… cualquiera que use el hipertexto convierte a sus propios intereses en el principio organizador” (Delaney y Landow en Hipertext, hipermedia anda literary studies).

La preocupación por la lectura superficial, desordenada, por la dispersión y la falta de profundización al navegar entre enlaces que llevan a otros enlaces ya la había planteado Nicholas Carr en 2008 con su artículo ¿Google nos hace más estúpidos? y lo profundiza con su libro Superficiales donde advierte que “el libro impreso servía para centrar nuestra atención, fomentando el pensamiento profundo y creativo mientras que  Internet fomenta el picoteo rápido y distraído de pequeños fragmentos de información de muchas fuentes”. El debate está abierto.

Quizás será cuestión de entender como afirma Emilia Ferreiro que los verbos leer y escribir evolucionan con el transcurso de la historia, que las tecnologías de lectura y escritura afectan dicha evolución, y que los cambios cognitivos y en nuestra estructura de pensamiento que de ello se desprendan aún son inciertos. Lo que no podemos negar es el desafío educativo que el hipertexto nos presenta.